
La muerte no puede ser de color verde ni llevarse tu nombre ni ninguna de tus siete letras que tanto quiero.
Debería estar muy ocupada revisando guerras y hambrunas, nunca distraída, siempre vigilante. La muerte, escondida tras cualquier cortina o chimenea, debería cansarse esta noche para no verte y dejarte descansar.
Le compraré un laberinto, a la muerte, y la encerraré con candado, para que no encuentre el camino, menos la salida. Hoy el verde no es su color.
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